viernes, 21 de febrero de 2014

La educación como proceso de formación

Noé Ibáñez Martínez*

El curso de Seminario de Didáctica de la Enseñanza de la Historia que se imparte en la Maestría en Historia Regional de la Universidad Autónoma de Guerrero, fue una experiencia nueva de formación escolar para los estudiantes que participamos en ella. Si bien, entre sus objetivos estaba construir una nueva mirada en relación a la teoría y práctica de la enseñanza de la historia, pero debido al tiempo destinado a ella, solo fue posible analizar y comentar dos autores (Hugo Zemelman y Estela Quintar), quedando pendientes otros y el análisis de temas centrales del curso relacionados directamente con los elementos teóricos, metodológicos y epistémicos de la enseñanza de la historia. No obstante, la relación entre los textos que analizamos y la enseñanza de la historia, no están aislados. De hecho, el paradigma de la enseñanza de la historia, la memorización de nombres de héroes, fechas y lugares, que ha marcado generaciones de estudiantes y han visto a la historia como una materia aburrida y sin importancia, tiene y debe de romperse y buscar que esta asignatura sea dinámica y haga pensar y re-pensar a los jóvenes sobre su pasado y presente.

Los trabajos que realizamos durante el curso: por qué estudio la maestría, la crónica de los primeros días de clases y mi experiencia educativa, han servido para pensar y re-pensar mi proceso formativo en relación con la educación que se imparte en las aulas actualmente y la posible dirección que las políticas oficiales guían la formación de los niños y jóvenes. Además, fue una oportunidad de reflexionar sobre mi papel como estudiante de historia y la función que ésta debe desempeñar en una sociedad cambiante, para tratar de evitar que exista un “desajuste” entre la teoría y la realidad, que cada vez, es más compleja y distante.

Durante el seminario, hablamos y discutimos de varios aspectos de la educación. Desde nuestra experiencia educativa propia hasta del modelo de enseñanza en el país y los parámetros que establece el Estado para la educación de sus ciudadanos. Todo esto relacionado con el análisis y la propuesta de Hugo Zemelman y Estela Quintar, quienes proponen una nueva enseñanza-aprendizaje que rompa con los esquemas y parámetros establecidos. Una educación que recupere el sujeto y lo haga pensar y pensarse en y de su entorno, con “la finalidad de promover una educación emancipadora”.

No es intención de este texto recuperar y explicar la propuesta didáctica de Zemelman y Quintar, tampoco es hacer un análisis pormenorizado de lo que ha sido y es el modelo educativo en México. Pero sí, me parece importante, recuperar lo siguiente: 1) la redefinición de lo que para mí es la educación y el modelo educativo en el que me instruí, haciendo una comparación con el modelo actual, 2) el análisis de una enseñanza-aprendizaje no parametral como alternativa para la formación de niños y jóvenes actualmente, y 3) la importancia de la enseñanza de la historia y el ajuste que debe existir entre lo que hacen en las aulas y lo que sucede fuera de ella.

La educación como proceso de formación

La educación a lo largo del tiempo ha tenido múltiples interpretaciones, según el momento histórico de cada sociedad y el modelo que establece el Estado para la formación de sus ciudadanos. En México, el derecho universal a la educación quedó plasmado en la Constitución Política pero el modelo educativo ha sido cambiante a lo largo de los años, según lo que cada gobierno ha considerado lo correcto y lo idóneo para la educación del país, con la intención, por un lado, de abatir el rezago educativo y el por otro, lograr la educación universal y que ésta sea el principal motor para el desarrollo social, económico, político, científico, tecnológico y cultural.

Sin duda, no existe un único concepto de educación. La multiplicidad y heterogeneidad de definiciones es consecuencia de las interpretaciones, debates y aplicaciones que se le ha dado a lo largo del tiempo y del espacio. Por ello, se ha tenido la necesidad de identificar y clasificar tipos de educación como lo son: la formal, la no formal y la informal. La educación formal es con la que nos formamos en las escuelas, desde preescolar hasta el nivel universitario, basado en un control curricular y sistemas establecidos generalmente por el Estado. La educación no formal, se refiere a cursos, entrenamientos, academias y talleres que no están regidos por un control curricular. Y la educación informal es aquella que recibimos en el ámbito social, en la familia, con el grupo de amigos y toda aquella que nos permite socializar con el resto de las personas.

Desde luego, todo ser humano ha recibido la educación informal, sin embargo, cierto número de personas no accede o no ha accedido a la educación formal o no formal, principalmente por su entorno socioeconómico, por lo que su mundo es reducido, limitándose al aprendizaje empírico y a las experiencias adquiridas a lo largo de su vida, y que en la mayoría de los casos, se especializa en ciertas actividades. Lo contrario le sucede a una persona que accede a la educación formal, principalmente a un nivel medio superior o superior, porque permite que su mundo se expanda y se abra a nuevos conocimientos, aprendizajes y enseñanzas. Sus expectativas sobre la vida y su conciencia sobre su rol social generalmente la tienen clara y definida, a su vez, aseguran un futuro educativo más sólido para sus hijos.

Por todo ello, podemos decir que la educación es un proceso de formación mediante el cual se transmiten conocimientos, valores, costumbres y formas de actuar a lo largo de la vida, y que a su vez, definen la personalidad de la persona (moral, ética, conductual, personal, intelectual, cultural y social), es decir, definen la forma de ser y forma de ver el mundo, su pasado, su presente y la proyección de su futuro. Este proceso se da gracias principalmente a dos fenómenos: aprendizaje y enseñanza. Por un lado, el aprendizaje permite al individuo recibir todo tipo de conocimientos a través de sus sentidos sensoriales en su entorno o a través de los medios que llega acceder (principalmente los medios masivos de comunicación). Y por el otro, la enseñanza permite establecer un mecanismo de intercambio de información (conocimientos) con las demás personas establecimiento lo que se conoce como diálogo. El contexto en el que comúnmente se establece el mecanismo enseñanza-aprendizaje es en las aulas, entre el alumno y el profesor; es decir, una educación o formación formal. Aunque también, se da el caso en el entorno familiar o social, es decir, una educación o formación informal.

Ciertamente, las primeras lecciones de aprendizaje las recibe todo ser humano en el seno familiar. Conforme pasa el tiempo y va creciendo el niño, su mundo se amplía poco a poco y su conocimiento también crece y se diversifica, ya que comienza a relacionarse con sus amigos y comparten experiencias, curiosidades, conocimientos, etcétera. Sin embargo, el aprendizaje es heterogéneo ya que depende del entorno familiar y social en el que crece y se educa cada niño. De manera que su aprendizaje es informal hasta que entra en contacto con la escuela.

Al integrarse a un sistema educativo, el niño o la persona adulta[1], su educación o formación se vuelve formal o no formal; ya que esta institución marca un parámetro qué seguir, qué enseñar y qué es lo que el niño o la persona tiene o debe de aprender para continuar con los siguientes grados académicos. Pero no con ello deja de aprender fuera del aula, ya que el aprendizaje informal es continuo, llega de diferentes direcciones y el niño o la persona adulta capta o procesa la información que considera importante, llamativa, esencial o indispensable para su vida.

Como mencionamos anteriormente, la educación o la formación que recibe cada niño es heterogénea y de ella depende en la mayoría de los casos su futuro. Es decir, el aprendizaje del niño depende de cuatro cuestiones internas y externas:

1) Entorno familiar y social. La educación de un niño depende por las condiciones sociales, económicas y culturales del seno familiar (interno) o social (externo). Para acceder a la educación formal, tendrá que tener respaldo, apoyo, guía y participación de los padres de familia en conjunto con la escuela. Si éstos no tienen cierto nivel educativo, cultural o conciencia sobre la importancia de la educación, poco interés tendrán sobre la educación de su hijo. Además, aunada la situación económica, más probable que el niño sea obligado a trabajar y abandonar la educación formal, como sucede en muchos casos principalmente en el estado de Guerrero.[2] Y también, el entorno social en el que vive el niño (delincuencia, violencia social, narcotráfico, etc.), será factor esencial para definir si continúa en la educación formal o la abandona.

2) Tipo de información. Relacionado con el punto anterior, la educación de un niño depende del tipo de información o conocimientos que adquiere, sea ésta formal o informal. Es decir, en la educación formal en donde la escuela ya establece un parámetro de lo que tiene que enseñar, muchas veces ésta tiende a no ser completa, correcta o no es bien aplicada por los maestros. De manera que, puede existir una diferencia entre la enseñanza de una escuela y otra (rural y urbana, por ejemplo).

3) Proceso de información. Un factor fundamental en la educación es la forma en cómo capta o procesa la información (enseñanza) que recibe. Si bien, en la educación informal recibe todo tipo de enseñanzas multidireccionales, y muchas de ellas perjudiciales para su desarrollo, por ello, es importante saber cómo procesa dicha información.

4) Aplicación de conocimientos. Derivado del punto anterior, parte del proceso de educación es la aplicación o materialización de la información o conocimientos adquiridos. Para que de esta forma, se cumpla con el ciclo y se generen nuevos conocimientos.

Todas las personas pasamos y seguimos pasando por el este proceso continuo e inacabado. La educación, el aprendizaje y la enseñanza son partes de la naturaleza del ser humano, como el hecho de comer y dormir. Todos los días aprendemos y enseñamos, sea ésta formal, no formal o informal.

¿De educación parametral a no-parametral?

En los últimos años, hemos escuchado o leído que la Secretaría de Educación Pública (SEP) ha puesto en marcha nuevas estrategias y metodologías de enseñanza-aprendizaje con el objeto de mejorar la calidad de la educación, particularmente en el nivel básico. Esta intención sucede en todos los cambios de gobierno o por lo menos en el discurso. Con ello también se ha buscado disminuir la deserción escolar y lograr la universalidad de la educación. Sin embargo, en el plano real poco se ha avanzado y el discurso oficial continúa siendo el mismo.

En la última década surgió una nueva estrategia pedagógica basada en competencias, es decir, un conjunto de conocimientos, habilidades y destrezas que desarrolla una persona para comprender, transformar y practicar en el mundo en el que vive; la cual retomó la SEP para aplicarla en las escuelas públicas del país, siguiendo un estricto parámetro curricular. En teoría suena excelente, sin embargo, en la práctica, en el desarrollo de conocimientos y habilidades, deja que desear por varios motivos: errónea aplicación e interpretación de las competencias, su evaluación se rige por estándares internacionales las cuales no garantizan el desarrollo pleno de las habilidades y el aprendizaje, dejan a un lado el desarrollo humano, la capacidad de reflexión, el análisis y la concientización del contexto social del educando.

La educación por competencias desde que se implementó cada vez ha ido reforzándose hasta aplicarse en el nivel medio superior, no sólo en las instituciones que dependen de la SEP sino también en instituciones autónomas y privadas. Los docentes en innumerables ocasiones han sido capacitados para aplicar esta estrategia y han tratado de explicar a sus estudiantes el nuevo modelo, asimismo, los materiales didácticos se han adaptado a ello; sin embargo, existe una serie de condiciones que han frenado la correcta aplicación de dicho modelo educativo y por lo tanto, los resultados no han sido los deseables.

Esta práctica educativa parametral no está muy lejos en forma de la educación de hace algunas décadas. En aquella ocasión, a muchos de nosotros nos tocó lo que se conocía como educación o enseñanza tradicionalista, la cual consistía (o por lo menos se daba entender) en que el maestro era quien sabía de los temas y era el único que exponía, enseñaba, transmitía los conocimientos, evaluaba y aprobaba o reprobaba a los estudiantes. Éstos solo se limitaban a escuchar, ver, memorizar, repetir, transcribir y realizar las actividades que el maestro decidía. No obstante, el enfoque por competencias trata de romper con la enseñanza tradicionalista, intentando que el estudiante sea el sujeto de estudio, y no una parte del ciclo educativo como se veía antes. Ahora el profesor ya no es el protagonista sino solo un facilitador, un guía o un intermediario entre el conocimiento y el educando.

A pesar de estos intentos, no se ha podido erradicar por completo la enseñanza tradicionalista en las escuelas públicas. Muchos profesores continúan enseñando de la misma forma aunque con materiales didácticos por competencias. Ante esta situación, los estudiantes tampoco se preocupan por tomar la iniciativa, se “conforman” con lo que el maestro enseña, expone, transmite. Pareciere ser un círculo vicioso que requiere una profunda transformación, ya que se necesita crear el ambiente idóneo para educar, desde la actualización y capacitación del profesor hasta el equipamiento de las aulas con materiales técnicos y pedagógicos necesarios para la enseñanza-aprendizaje.

Afortunada o desafortunadamente, como estudiante no me tocó el modelo educativo por competencias, aunque cuando estaba en el bachillerato (2003-2006) ya escuchaba a mis maestros hablar del nuevo modelo de enseñanza y que tenían que asistir a cursos de actualización y varios de ellos apresurarse para su titulación por la nueva normatividad que venía encima. Aunque durante el tiempo que estuve allí, siguieron enseñando como tradicionalmente lo habían hecho. Como estudiantes, tampoco nos preocupamos por preguntar o investigar de qué se trataba el nuevo modelo, estábamos conformes, a gusto, con lo que nos enseñaban, siguiendo el parámetro que imponía la secretaría de Educación en Guerrero o la SEP.

Debo reconocer que hasta ahora en el Seminario de Didáctica de la Enseñanza de la Historia I, no había escuchado o leído sobre una didáctica no parametral, mucho menos haber leído a Hugo Zemelman o Estela Quintar. A leerlos, comprendí que su propuesta no se aleja mucho de Paulo Freire, a quien ya había leído varios de sus textos. Ambos coinciden en un punto fundamental: que la educación, además de liberadora y concientizadora, su fin principal deber ser la emancipación. Zemelman, Quintar y Freire, proponen una educación profundamente revolucionaria, apartada totalmente de los parámetros oficiales que impone el Estado. Esta propuesta no parametral que busca recuperar el sujeto histórico para crear conciencia de su entorno, difícilmente podrá ser aplicada en las escuelas públicas controladas por la SEP, salvo algunos casos autónomos como el Sistema Educativo Rebelde Autónomo Zapatista de Liberación Nacional de los Altos de Chiapas (CGSERAZLN),[3] algunas escuelas autónomas en Michoacán y la Escuela Altamiranista Guerrerense.[4] Estas voces y acciones locales y regionales nacen precisamente como una forma de resistencia ante el avance del modelo neoliberal que sepulta lenguas, tradiciones, costumbres y culturas de los pueblos originarios, quienes además rechazan la imposición de una educación oficial centralizada y luchan por recuperar una enseñanza multicultural y preservar lo que es suyo.

La propuesta de la didáctica no parametral de Zemelman y Quintar, que surgió como consecuencia de una serie de condiciones sociopolíticas que vivieron a mediados de los años sesenta, en sus natales Chile y Argentina, respectivamente; fue que pudieron desarrollar, inicialmente Quintar pero basada en el pensamiento teórico de Zemelman, la propuesta de enseñanza no parametral. En ella propone que el sujeto recupere su memoria histórica, que se dé cuenta o que nos demos cuenta, juntos, lo que nos pasa y por qué nos pasa, subjetiva y colectivamente hablando, esto nos llevará a proponer alternativas de transformación de la realidad, desde la educación preescolar hasta el posgrado. Además, propone una enseñanza menos rígida, que haga al sujeto un ser pensante de sí mismo y de su entorno, que reflexione, que cuestione, que critique, que proponga, que recupere su palabra. Un sujeto con conciencia histórica y social. Es decir, educar y educarse desde el contexto en el que vive el estudiante, es ayudar a comprender e interpretar su mundo y su realidad, para transformarlo de una manera consciente.

Ahora, ¿es posible transitar de una educación parametral a una educación no parametral? Sí, pero el sistema educativo mexicano no lo permitiría. Salvo a costa de una rebeldía como las escuelas zapatistas o la altamiranista que mencionamos anteriormente. Además, el mismo modelo educativo y económico nacional está controlado por grandes organismo internacionales, quienes a su vez establecen los parámetros y guían la educación hacia otros horizontes. Lo más factible en estos momentos, es que los docentes recuperen o retomen lo esencial, lo básico, lo importante de cada propuesta educativa para aplicarla en las aulas.

También es importante reconocer (luego de la aprobación de la reforma educativa) que el cambio en la educación no vendrá de una gran reforma nacional, sino por el esfuerzo del hogar, el aula, la escuela, la comunidad; los padres de familia, los maestros, los educandos. Por ello, es esencial recupere la participación de los padres de familia en la educación de sus hijos, ya que en estos momentos se encuentran divorciados con la escuela y dejan la “carga” a los profesores.

La enseñanza de la historia y el “ajuste” entre teoría y realidad

Bien, si enseñar y enseñarse es una tarea complicada para cualquier nivel o grado escolar, creo, es más complicada la enseñanza de las ciencias sociales y particularmente la historia para cualquier nivel educativo. Es común escuchar a los jóvenes que nos les gusta la historia, que es aburrida, que no tiene importancia; pero la cuestión no es que la materia sea aburrida, sino la forma en cómo y desde dónde se les enseña, y cómo y desde dónde tienen que interpretarla los alumnos.

En la experiencia personal, reconozco que los profesores de historia que tuve tanto en la secundaria como en el bachillerato, carecían de una propuesta o metodología de enseñanza de la historia, solo se limitaban a explicar algunos aspectos de la historia o dictaban apuntes de lo que consideraban más importante. Lo cual, desde luego, aburría o nos restaba interés. Asimismo en las evaluaciones, nos obligaban, casi, de aprender nombres, fechas y acontecimientos importantes de la historia. Por ejemplo en los exámenes que eran de opciones múltiples, venían preguntas como:

1.- ¿En qué año inició la Revolución Mexicana?
a) 1810              b) 1917                   c) 1910               d) 1920

Estas preguntas no nos ayudaban a pensar y reflexionar sobre la historia, nuestro presente, mucho menos sobre un probable futuro. Eran preguntas con respuestas concretas, cerradas e incluso, sin sentido. De esta forma era (y sigue siendo) la enseñanza de la historia en secundarias y bachilleratos, a pesar de innumerables cursos de actualización a profesores bajo el modelo educativo por competencias que ya se implementa en casi todas las escuelas. Por lo que, a base de la propuesta metodológica de Quintar, es posible recuperar y proponer nuevas alternativas y dinámicas para la enseñanza de la historia y otras ciencias sociales. Es posible que a través de ellas, se recupere el sujeto histórico y a su vez, la conciencia sobre lo que acontece en el entorno social y familiar.

Ante esto, tiene razón Zemelman al preocuparse del distanciamiento que existe no sólo entre las ciencias sociales y la realidad social sino las universidades públicas mismas y la sociedad actual. Él lo llama un “desajuste” entre la teoría y la realidad. Ya que mientras los estudiantes aprendemos conceptos, teorías, leemos autores y consultamos bibliografías en las aulas y bibliotecas; la realidad fuera del aula se encuentra muy avanzada. Por ejemplo, mientras en las aulas de UAFyL se enseña la historia contemporánea la cual se encierra en los acontecimientos de los años 60 y 70, y de ella los alumnos cimientan sus investigaciones y lecturas, pocas veces relacionamos esa historia con los hechos y acontecimientos actuales. Entendemos ese pasado como si fuera un acontecimiento aislado sin consecuencias en la actualidad y quizás, nuestra idea es que los acontecimientos que suceden actualmente, tocarán estudiarse dentro de 15 o 20 años.

Es esta la preocupación que comparto con Zemelman, particularmente la UAFyL debe ser pionera en formar a estudiantes pensadores, críticos y con propuesta social para la realidad que se esté viviendo. Pero no es así, son pocos los que sobresalen y alzan la voz para manifestar, cuestionar, criticar, indagar y analizarla el pasado y realidad del presente. Pareciera ser que la UAFyL es una institución más como cualquier otra escuela técnica o institución que forma estudiantes de ciencias naturales o exactas.

Por ejemplo, muchos compañeros que tuve en la licenciatura y otros que cursan actualmente alguna carrera de las cuatro modalidades que ofrece, están ahí porque no tuvieron oportunidad de entrar en alguna otra carrera de la Universidad; y Filosofía y Letras fue su última opción. ¿Por qué? —Porque son carreras muy fáciles, lo único que tienes que hacer es leer y hacer algunos trabajos y los maestros te pasan con diez, te la llevas relajado y sin preocupación. Al concluir, consigues un trabajo de maestro y ya—. Son los argumentos que exponen al cuestionarles sobre su estancia en esta institución. Hace falta compromiso y conciencia histórico-social, no solo de los estudiantes sino también de los docentes y la escuela. Habría que enseñarles que recuperen su voz, su palabra, tal como trabajamos en el Seminario, que desde luego, fue una gran y provechosa experiencia. Además, habrá que crear medios que difundan los trabajos de investigación, no solo de los catedráticos sino de los estudiantes, para que vayan practicando el oficio de historiador.


* Maestría en Historia Regional. UAFyL-UAG. Trabajo final que se presenta en el Seminario de Didáctica de la Enseñanza de la Historia I, que coordina el Mtro. Joel Iturio Nava. Chilpancingo de los Bravo, Gro., a 20 de diciembre de 2013.

[1] Aplica para las personas jóvenes y adultas mayores de 15 años que no tuvieron acceso o no tuvieron la oportunidad de asistir a una escuela para formarse de acuerdo a los planes que marca el sistema educativo nacional, pero que posteriormente, gracias a los programas educativos para adultos, principalmente el INEA, se reintegran al sistema escolar para cursar los niveles de alfabetización, primaria y secundaria.
[2] Un ejemplo claro es mi experiencia educativa personal que expuse anteriormente en otro trabajo, la cual puede identificarse con muchos otros casos, tanto de mi generación como actualmente en la región de La Montaña y otras zonas marginadas.
[3] Para un mayor acercamiento a las escuelas zapatistas, ver a Baronnet, Bruno. Autonomía y Educación Indígena: Las escuelas zapatistas de las cañadas de la Selva Lacandona de Chiapas, México. Tesis doctoral. Disponible en: http://www.cedoz.org/site/pdf/cedoz_886.pdf
[4] Véase: Chávez, Adazahira, Escuela Guerrerense Altamiranista, una alternativa para la educación amenazada. Disponible en: http://www.jornada.unam.mx/2013/10/12/oja-escuela.html

viernes, 31 de enero de 2014

Democracia y violencia social

Marcha por la paz en Chilpancingo. 30 de enero de 2014.
Noé Ibáñez Martínez

El próximo 5 de febrero, se instalará en el Distrito Federal, en el marco del 97 aniversario de la promulgación de la Constitución Política de 1917, —la cual rige actualmente en el país, aunque su contenido ha sido reformado más de 200 veces, aunadas las actuales reformas estructurales de Enrique Peña Nieto— el denominado Congreso Popular, convocado por diversos sectores sociales, académicos e intelectuales. ¿Cuál es la finalidad?

Desde la lucha armada de la Revolución, las demandas y los derechos sociales quedaron plasmadas en la Constitución de 1917, pareciera ser que al fin llegaría la justicia, la paz, la igualdad y la oportunidad de una vida digna, sin embargo, la clase política, los partidos y los intereses particulares robaron el futuro y la ilusión de millones de mexicanos, secuestraron el poder y se adueñaron de la riqueza nacional, en pocas palabras, traicionaron al pueblo violando la Constitución.

A lo largo de los años, los partidos políticos han predicado una falsa democracia, inexistente, fantasmal, aparente, simuladora… una democracia sin pueblo. A partir de la década de los 70s, tomó auge la llamada “transición democrática” promovida por el gobierno federal a través de la Reforma Política en 1977, la cual permitía que los partidos, agrupaciones, organizaciones sociales y civiles de oposición, pudieran participar por la vía legal en la vida política del país. Hasta hoy en día, no se ha consumado el ejercicio pleno de la democracia, al contrario, ha sido usado para justificar el fraude, la corrupción, la violencia, la pobreza y el abuso del poder por la oligarquía.

Los convocantes a la instalación del Congreso Popular, cuyas bases para participar se pueden consultar en: www.congresopopular.org, sostienen que “los representantes populares no representan al pueblo de México, las instituciones no aseguran el respeto a la ley, los gobiernos no miran por el bien común y se encuentran coludidos con los más abyectos intereses. Además, los medios de comunicación hegemónicos ocultan, desinforman e incomunican a los ciudadanos. Y también, los procesos electorales ya no son confiables, los fraudes electorales (1988, 2006 y 2012) y las reformas antipopulares en materia energética, política, educativa, financiera, fiscal y laboral, evidencian la esterilidad de las instituciones realmente existentes”.

La finalidad del Congreso Popular es que los ciudadanos conscientes y libres, participen y decidan de manera directa por medio de acciones coordinadas, pacíficas y contundentes, sobre la vida pública de su entorno social y del país; frente a la ingobernabilidad manifiesta en varias partes del país, donde la violencia se ha convertido en la principal preocupación de los ciudadanos, quienes se sienten atemorizados y secuestrados frente a un problema el cual el gobierno es incapaz de resolver e incluso tiene colusión con el crimen organizado.

Ejemplo de ello, son los recientes sucesos de violencia que azotan al estado de Guerrero y otras regiones del país, como consecuencia de una brutal descomposición social originada por las injusticias socioeconómicas y la ineptitud gubernamental para atender las demandas de los ciudadanos. Los gobiernos actuales son guiados por una política pública que lejos de disminuir la brecha de la desigualdad, la dilata, y la herida apenas cicatrizada abre paso nuevamente al Guerrero bronco donde los "rituales de la barbarie se niegan a remitir pero con balas y sangre son la respuesta crónica al pacífico reclamo social".

La instalación del Congreso Popular el próximo 5 de febrero, puede ser una oportunidad para reorganizar a la sociedad, reorientar la política pública y proponer iniciativas que ayuden a combatir y disminuir la violencia que cada día lastima, hiere, mata y destruye a cientos de familias mexicanas.

Entre los que participarán en el Congreso, destacan nombres como: Hugo Aboites, John Ackerman, Julio Astillero, Abel Barrera Hernández, Alberto Betancourt, Lydia Cacho, Héctor Díaz-Polanco, Enrique Dussel, Carlos Fazio, Minervino Morán, Robespierre Moreno, Manuel Pérez Rocha, Elena Poniatowska, Octavio Rodríguez Araujo, Julio Scherer Ibarra, Javier Sicilia, Alejandro Solalinde, Paco Ignacio Taibo II, John Saxe-Fernándéz, entre otros.

jueves, 16 de enero de 2014

La historiografía occidental y la “historia cultural”: las obras de Johan Huizinga

La Apoteosis de Homero. Jean Auguste Dominique Ingres, 1826.
Noé Ibáñez Martínez*
SUMARIO:
Introducción. La historiografía occidental. La historia cultural: Johan Huizinga.  El otoño de la Edad Media. Homo Ludens. Conclusión. Bibliografía.

Introducción

El estudio de la historiografía general es amplio y heterogéneo, ya que se analiza la escritura de la historia a través de algunos de sus exponentes más representativos, desde la Grecia antigua hasta los historiadores modernos de la sociedad occidental. Se identifican algunas tendencias, escuelas, problemáticas y perspectivas que han ido definiendo la labor de los historiadores en diversos periodos según las manifestaciones de la cultura, el arte y el conocimiento general.

El análisis de diversas obras y formas de escritura permite identificar los aspectos de la sociedad a la que se estudia, desde una perspectiva crítica se conocen sus fundamentos epistémicos, el tipo de lenguaje que utilizan, la interpretación que le hacen al acontecer, las fuentes y los medios en los que se basan para reconstruir un hecho. Por ello, cabe resaltar que nuestra finalidad es interpretar el texto histórico como un acontecimiento en sí mismo, como un universo de ideas y formas de representación.

Como estudiantes de maestría en historia regional, la teoría, la filosofía y la historiografía, se convierten en asignaturas esenciales en el plan de estudios, para comprender su evolución a través del tiempo. Por causas de fuerza mayor, derivado de los fenómenos meteorológicos: “Manuel” e “Ingrid”, que afectaron el estado de Guerrero el mes de septiembre del año pasado, nuestro curso de historiografía general se vio suspendido, y no hubo forma de analizar las diversas obras históricas que hubiesen ayudado a comprender la evolución del quehacer histórico.

No obstante, las obras de Johan Huizinga: El otoño de la Edad Media y Homo Ludens, nos muestran a perfección una forma de historiar que muchos autores definen como “historia cultural”, surgida a principios del siglo XX, y en este texto las analizaremos de manera general sin dejar a un lado que la historiografía general (occidental) abarca otras tendencias, escuelas, obras e interpretaciones de la historia.

La historiografía occidental

A lo largo de los años, el estudio de la historiografía ha sido inestable, polémico y plural. Desde la Antigüedad, las tribus o los primeros pueblos sedentarios tuvieron la necesidad de compartir y preservar acontecimientos memorables, naciendo así la expresión oral, pictográfica y escrita; que poco a poco se fue perfeccionando. Con las primeras civilizaciones, nació el alfabeto y su representación en diversos medios y sitios. En Mesopotamia, por ejemplo, se encontraron tablillas de arcilla con escritura cuneiforme, con los registros históricos más antiguos. En los antiguos palacios que se construyeron, se grabaron inscripciones históricas, escenas de guerra y conquista; además, se construyeron bibliotecas para guardar archivos administrativos que conservaban las epopeyas que narraban el origen de los dioses, la creación del mundo, la catástrofe del diluvio y las hazañas de sus héroes y gobernantes.

Así también en Egipto, donde la escritura regía el conjunto de las actividades religiosas, así como la administración del Estado, principalmente porque la mayor parte de los bienes y riquezas producidas se canalizaban a los templos y al palacio real, donde quedaban a cargo de los escribas y contables. De modo que en los reinos de la Antigüedad las narraciones eran apologías del poder, a cargo de servidores y amanuenses del gobernante.

Un nuevo contexto político y social se presentó en Grecia y Roma (cuna de la historiografía occidental). Autores como Homero (La Ilíada y la Odisea) atrajeron la atención de sus coetáneos. Más tarde, Heródoto y Tucídides iniciaron el relato escrito, sus primeros intereses fueron los asuntos militares y políticos, los temas que atraía la atención de las polis griega. Pusieron las bases de una historia secular, centrados en los hechos políticos de su país natal y sustentado en datos efectivamente ocurridos.

En cambio en Roma, la relación entre los historiadores y el poder fue de otro tenor, pues durante muchos años las autoridades publicaron una crónica oficial de la ciudad, la república o del imperio, y es sabido que buena parte de sus cronistas y relatores pertenecía a la clase dirigente. Los historiadores romanos aunque continuaron la tradición de los griegos, cargaron el acento en la historia patria y en el compromiso de crear un gobierno de la ciudad autónomo, fortalecido por la participación activa de sus miembros, y dedicado a preservar la república.

En suma, los historiadores griegos y romanos como Heródoto, Tucídides, Polibio, Salustio, Tito Livio, Tácito y Plutarco, cuyas obras se centraban en los temas políticos, fueron ejemplo para las generaciones futuras. Escribir historia para ellos era ante todo un arte literario. Pero se trata de un arte que venía apegarse a la veracidad. Desde entonces, la importancia de la veracidad en la investigación histórica permanecerá como requisito fundamental en el arte del historiar.

Más tarde, la conversión de Constantino del cristianismo introdujo cambios drásticos en el contenido y la forma del relato histórico. La Historia eclesiástica  de Eusebio, inicia esos cambios. A partir de ese momento, se escribe una historia de la iglesia asentada en la autoridad de la fe y no en el valor y la autenticidad de los testimonios. Los relatos van íntimamente relacionados con la biografía de los santos. Así, desde el siglo V en adelante, las catedrales y los monasterios se apoderaron del arte de la escritura en todas sus formas. Santo Tomás de Aquino es el mejor ejemplo de los libros religiosos.

El Renacimiento (o más bien, los Renacimientos, como sostiene Jacques Le Goff[1]) rompió con esa trayectoria aun cuando también se nutrió de ella, como lo han mostrado los estudios recientes. Ahora sabemos que el Renacimiento fue un proceso histórico más complejo, que abrevó tanto en la tradición clásica y la escolástica como en el humanismo y el republicanismo que se desarrollaron en diversas partes de Europa, pero que especialmente en algunas ciudades italianas. El ideal del hombre virtuoso que encarnaron los humanistas lo trazó Jacob Burckhardt en su famoso libro La cultura del Renacimiento en Italia, y quien se refirió por vez primera al término de Renacimiento.

La nueva concepción de los historiadores italianos del quattrocento[2] se manifestó cuando separaron la Antigüedad clásica (Grecia y Roma) de los años oscuros que comenzaron con la caída de la República en 410 d.C. como el comienzo de una edad media, un tiempo de escasas luces y falto de hombres ilustres. No obstante, los humanistas florentinos siguieron el ejemplo adoptado en las repúblicas italianas: escribieron la historia o la crónica de su ciudad, según el modelo de los historiadores clásicos griegos y romanos. Nicolás Maquiavelo, uno de los más grandes representantes del humanismo político italiano, les mostró a los príncipes y gobernantes la importancia de la política realista en la organización del Estado y en la creación de sociedades estables, y a los historiadores les hizo ver que la investigación histórica que ignora la política se extravía y corre el riesgo de no alcanzar a discernir el núcleo duro que organiza la vida de las comunidades civilizadas.

Mientras tanto, a los historiadores de la Ilustración debemos lo que John G. A. Pocock ha llamado una narrativa ilustrativa. Es decir, una macro-narrativa sistemática y compleja que unió la retórica de la Antigüedad clásica, la erudición de los anticuarios y la filosofía en un discurso que arrancaba de la Antigüedad, proseguía con la edad oscura del barbarismo y la religión, continuaba con el Renacimiento y concluía en el esplendor del siglo XVIII, el momento en que la sociedad civil pudo liberarse de la superstición y del despotismo, trazado así el itinerario de lo que se llamó “el progreso del espíritu humano”. La gran obra maestra de los hombres ilustres fue la Enciclopedia, dirigida por Diderot y D´Alembert. Sin embargo, con obras de Voltaire se inaugura una narrativa de gran amplitud temporal y espacial, centrada en el desarrollo de las costumbres, el progreso de las artes, las ciencias, el comercio y la civilización que podríamos llamar multicultural (nueva historia global). Por ello, se considera a Voltaire como un historiador moderno que separa la tradición cristiana y del dogmatismo, un crítico de la edad oscura y de la superstición.

Poco después, la Revolución Francesa fue un acontecimiento coyuntural para el estudio historiográfico occidental. Autores como Edmund Burke, Saint Just y Johann G. Fitche, abarcan y estudian aspectos de la Revolución como la realidad política, social e ideológica. La participación de historiadores, filósofos y políticos en el análisis y discusión sobre este suceso, enriqueció y diversificó el estudio y contexto literario. En síntesis, los historiadores de Francia, Inglaterra y Alemania inauguraron una nueva forma de historiar al abarcar distintos ámbitos de la sociedad, con ellos nace también la “historia cultural”.

La historia cultural: Johan Huizinga

En su obra más reciente, escrita raíz de su visita con una conferencia magistral en Chilpancingo, en diciembre de 2010, La función social de la historia[3], Enrique Florescano clasifica al historiador holandés, Johan Huizinga, al suizo Jacob Burckhardt y al crítico ruso de la literatura Mijaíl Bajtín, como los tres grandes maestros de la historia de la cultura. “Los tres muy influyentes en la narrativa de los historiadores del siglo XX”. Por un lado, Burckhardt pensaba que cada lector tiene una pintura diferente de él, y una nueva de cada lectura”. Y eso mismo, pensaba, podría aplicarse en cada periodo histórico, pues escribió que “cada época tenía una nueva y diferente manera de mirar los más remotos periodos del pasado”.

Por el otro lado, Mijaíl Bajtín, con su obra La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, equivalió a una revolución en los estudios de la cultura popular y la literatura. La novedad es que su libro viene a ser el primer estudio en profundidad de la cultura cómica popular, una tradición de orígenes remotos que sobrevivió a las transformaciones e imposiciones de la cultura clásica y de la cultura religiosa medieval y se prolongó hasta el Renacimiento y más allá.[4]

Por su parte, y de quien se profundiza el análisis de sus obras en este ensayo, Johan Huizinga, nació en 1872 en Holanda, tuvo formación en literatura, pero también tuvo muchos otros intereses y cuyo profundo conocimiento de las artes, la cultura, la historia y la antropología medieval, le permitió producir una obra única en el siglo XX que hoy en día se clasificaría como un precursor de la “historia de las mentalidades” o “historia cultural”.

Este conocimiento sobre el arte y la cultura medieval, produjo en Huizinga apatía por la modernidad. No le gustaban máquinas o motores, ni el capitalismo ni el marxismo, ni el arte abstracto. Como dijera Peter Burke, historiador inglés, “para Huizinga la pala mecánico siempre estuvo en un sentido peyorativo. Si bien no se elimina la amarga crítica de aquellos tiempos opresivos, Huizinga tenía confianza en el poder de la vida y la cultura humana”. Como afirma también Florescano, Huizinga, recibió el llamado de la historia de la cultura e hizo a un lado la historia política, militar e institucional que predominaba en los medios académicos. Una frase de Huizinga sobre los fines de la indagación histórica explica su concepción de la cultura: “La historia, decía, es la forma intelectual mediante la cual una civilización da cuenta de su pasado”.[5]

A lo largo de su vida, Huizinga fue profesor en las universidades de Groningen y de Leiden y produjo varios libros sobre la edad medieval y sostuvo una crítica dura contra el nazismo y la invasión hitleriana, lo que llevó el cierre de la universidad de Leiden, su encarcelamiento y finalmente su muerte meses antes de concluir la segunda Guerra Mundial. Sin embargo, dos de sus obras marcan un momento importante en la historiografía occidental: El otoño de la Edad Media y Homo Ludens.

El otoño de la Edad Media

Considerada una obra maestra de Huizinga e incluso del siglo XX, en las 600 páginas describe magistralmente la vida cortesana en los Países Bajos y Francia, en los momentos del ocaso de la cultura medieval, y nos pinta los acontecimientos de los siglos XIV y XV en términos de luces y sombras, pues no cree en las periodizaciones históricas que todo lo separan. Realiza un paneo de la cultura, de la vida cotidiana, las creencias y la vida social. Su fuente de información proviene de un análisis detallado de las obras de arte, pinturas y textos literarios y también de documentos convencionales que forman un mosaico vivo de los modos de pensar y de vivir en ese periodo.

Para Florescano, esta obra “une el juicio estético, la reconstrucción de la vida cotidiana, las costumbres, el ruido y las voces de la calle, la iglesia y el mercado, el color de las vestimentas y ceremonias, la alternancia de las horas de fiesta con las de dolor y pesadumbre, la variada sensibilidad de los hombres y mujeres del campo y la ciudad, del pueblo bajo, la corte y los gobernantes, las diferentes tonalidades del culto y de las creencias religiosas, todo ello iluminado por la luz del claroscuro”.[6]

En la obra, Huizinga se sumerge en la vida intelectual, artística y espiritual, rastreando el ritmo, es estilo, los colores de la época de inquietud y miedo. En los 22 capítulos que consta el libro de lectura amena, cómica, seria, satírica, científica y apasionada, nos transporta a edad caballeresca, romántica, fantasiosa, placentera y —a la vez— oscura, tenebrosa, sangrienta. En este sentido, Huizinga se pregunta con la etapa otoñal medieval: ¿qué es lo acaba? ¿qué es lo que comienza?

Si bien, la temporalidad de la Edad Media aún sigue en discusión, ya que los clásicos la ubican entre el año 476 d. C. y 1492, y que a partir de esta fecha inicia el periodo de Renacimiento, estudios actuales han demostrado un problema de temporalidad de dicho periodo. Para Huizinga, no acaba ni comienza nada. Todo fluye. La humanidad navega en un río infinito y borrascoso. La historia no se desarrolla bajo una sola unidad tonal. Y así nos muestra que el punto que separa la última Edad Media del primer Renacimiento es tan sutil que no se nota. De aquí su crítica hacia sobre la periodización histórica de Jacob Burckhardt en La cultura del Renacimiento en Italia. Huizinga contesta a la imagen tradicional de la Ilustración que considera a la Edad Media como la "Edad de las tinieblas", como un período en el que las luces de la cultura humana se habrían retirado.

Lo que hace Huizinga con su libro es precisamente poner en relieve las líneas de continuidad entre la Edad Media y el Renacimiento. Para él, no hay una "decadencia”, empero si un "otoño" o un tiempo de un ciclo que anuncia una continuidad. Sobre este punto, Jacques Le Goff, En (su) busca de la Edad Media se pregunta: ¿acaso sabía el hombre de 1492 que, al dormirse el 31 de diciembre en la noche de la Edad Media, se iba a levantar el día siguiente, 1 de enero de 1493, en la mañana del Renacimiento?[7]

Jacques Le Goof, un medievalista y heredero de los Annales, habla incluso de una larga Edad Media y que ésta no empieza en el año 476 ni finaliza en 1492, según la división tradicional occidental. Le Goff en resumidas cuentas, dice que: “los cambios no se producen nunca a golpe, en todos los sectores y en un solo lugar. Por eso he hablado de una larga Edad Media, una Edad Media que, en ciertos aspectos de nuestra civilización, perdura y, en ocasiones, se extiende mucho más allá de las fechas oficiales”.[8]

El estudio medieval se convierte en un tema apasionante, por ello, El otoño de la Edad Media se convirtió en un clásico de la historiografía del siglo XX, no sólo por la vasta erudición, la riqueza documental y densidad teórica, sino también por la prosa elegante, los juegos de palabras y el ingenio del autor.

Homo Ludens

Al igual que El otoño de la Edad Media, este libro de Huizinga, una de sus últimas obras (1938), sintetiza una posición filosófica general sobre el un elemento de la cultura y naturaleza del hombre: el juego. La tesis que sostiene es que el juego es el hecho cultural primario, la forma elemental de las principales manifestaciones del espíritu humano.

Sin duda, Homo Ludens es el primer trabajo teórico, científico e introductorio al estudio del juego como elemento cultural, sin embargo, Huizinga reconoce las limitaciones del trabajo teórico y compara los datos con las circunstancias históricas del momento. De ahí deriva que varios de los compañeros de la maestría reconocieran una lectura forzada y que el autor buscara elementos teóricos necesarios para ir explicando el fenómeno del juego como un elemento cultural.

Incluso, Huizinga aclara en la parte introductoria del libro: “El lector de estas páginas no debe esperar encontrar una justificación detallada de todas las palabras usadas. En el examen de los problemas generales de la cultura, estamos constantemente obligados a hacer incursiones predadoras en regiones que el atacante no se las ha explorado lo suficiente. No había ninguna posibilidad para mí, para rellenar previamente todas las lagunas de mi conocimiento. Tuve que elegir entre escribir ahora o nunca, y yo elegí la primera solución”.

Ya adentrado en el texto, Huizinga explica y busca ejemplificar los diferentes comportamientos, las posiciones, el significado y la representación del juego en diferentes momentos de la historia. Por el momento que vivió, en víspera del inicio de la segunda Guerra Mundial y que los Países Bajos estuvieran bajo el régimen nazi, Huizinga hace una crítica directa a todos los regímenes totalitarios y a la utilización perversa que éstos hicieron del deporte. Siendo rector de la Universidad de Leyden pronunció varios discursos de resistencia. Por ello, gran parte del desencanto de Huizinga con el deporte como una forma moderna del juego proviene de la utilización, por la propaganda nazi, de los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936.

Y explica: “En ningún otro caso el respeto de las reglas del juego es más absolutamente necesario que en las relaciones internacionales, si no se tienen en cuenta estas reglas, la sociedad cae en la barbarie y el caos. (...) [La] política contemporánea parece tener pocas huellas de la actitud lúdica original”. Huizinga desprecia el antiguo código de honor, al dejar de lado las reglas del juego, en contravención del derecho internacional y pierde todas las viejas relaciones de la guerra con el ritual y la religión.

Varios autores contemporáneos coinciden que Homo Ludens es una obra de madurez, un libro que fue diseñado por toda una vida, escrito por un erudito con conocimientos extensos en mucha áreas. Por lo tanto, no es exactamente un libro sencillo. Hay sutilezas y juegos de palabras y un montón de información histórica y frases en varios idiomas, todo ello en el servicio de la tesis de Huizinga según la cual la cultura proviene del juego, el puro juego es el elemento creativo de la humanidad y que este principio ha sido tradicionalmente descuidado en las ciencias sociales.

Conclusión

Como mencioné al principio de este texto, el estudio de la historiografía general requiere de un espacio más amplio para un análisis más serio y profundo, ya que se requiere tomar en cuenta tres referentes generales del texto histórico: 1) La estilística 2) La hermenéutica y 3) La heurística. Con el primer término nos referiremos concretamente al tipo de lenguaje que utiliza el historiador (descriptivo, denotativo, poético, etcétera). La hermenéutica, por su parte, se refiere a la concepción general del mundo representado por la obra histórica y a las fuerzas, protagonistas u objetos que lo integran. Finalmente, con el término heurística nos referiremos a todos los elementos que sustentan la obra historiográfica desde el punto de vista cognitivo o epistemológico, tomando en cuenta tanto la información recabada por el historiador (testimonios, documentos y datos en general), como los distintos principios metodológicos que le permiten criticarla y sistematizarla.

Sabemos que en el siglo XIX fue el siglo del reconocimiento e institucionalización de la historia como disciplina autónoma, el XX fue testigo del triunfo de una concepción de la historia paradigmáticamente occidental que se asentó y reprodujo en las academias e instituciones universitarias, un fenómeno que va de 1940 a 2000. Florescano sostiene que “en la segunda mitad del siglo XX la historia experimentó una explosión fenomenal en el número de publicaciones de todo género y una multiplicación de sus especialidades o áreas temáticas”.[9]

Actualmente, nuevas tendencias y nuevos retos teóricos y metodológicos se presentan en el arte de historiar, adquiriendo cada vez mayor importancia la historia regional y la microhistoria en las aulas de las universidades estatales y regionales, que sin duda, estos estudios permitirán reinterpretar la historia nacional o global.



* Maestría en Historia Regional. Universidad Autónoma de Guerrero.

[1] Véase la obra, En busca de la Edad Media, Paidós, España, 2003.
[2] En castellano significa “cuatrocientos”, es uno de los períodos más importantes del panorama artístico europeo. Se sitúa a lo largo de todo el siglo XV y es la primera fase del movimiento conocido como Renacimiento.
[3] Florescano, Enrique. La función social de la historia. FCE, México, 2012. p. 342.
[4] Ibídem, p. 347.
[5] Ibídem, p. 345.
[6] Ibíd.
[7] Huizinga, Johan, op. cit. p. 41.
[8] Ibídem, p. 51.
[9] Florescano, Enrique, op. cit. p. 351.

martes, 3 de diciembre de 2013

A cinco años sin Othón Salazar

NOE IBAÑEZ MARTINEZ

Ya son cinco años sin la presencia física de Othón Salazar. Hoy, con una ofrenda floral, familiares y amigos le rinden homenaje en su natal Alcozauca. En su tumba, limpian el piso, colocan flores, velas, cuentan anécdotas, historias y muchos gratos recuerdos. Las banderas rojas con la hoz y el martillo ondean suavemente.

Hace un año, en el marco del cuarto aniversario de su fallecimiento, se le rindió también un pequeño homenaje. En aquella ocasión, presentamos un libro que recoge las historias de vida y lucha del maestro en la explanada del ayuntamiento municipal. Los alcozauquenses lo recibieron con mucho cariño. Querían preservar su memoria y el ideario.

Se formó en las escuelas normales de Oaxtepec, Mor., y Ayotzinapa, Gro. Se graduó como docente en la escuela Nacional de Maestros. Se negó a enseñar el contenido del libro Por México impuesto desde la SEP durante el gobierno de Miguel Alemán Valdés, y con apoyo de otros maestros, envió una carta al secretario de Educación, titulándola: Enseñar mentiras es antipedagógico.

Encabezó la huelga en la Escuela Normal Superior de México y posteriormente, a los maestros de la Sección IX del SNTE entre 1956 y 1960. Desafió el sistema de gobierno en una época de endurecimiento, rígido control a las organizaciones y sindicatos, y aparente estabilidad política. Pero también, fue una época gloriosa del sindicalismo mexicano.

El “pequeño gigante” como se le conoció cuando encabezó el Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM), exigió al gobierno de Adolfo Ruiz Cortines, además de cuestiones económicas, la independencia y autonomía de la sección IX del SNTE. Entre logros y derrotas, finalmente se consiguió un aumento salarial y la relativa victoria en la dirigencia de la sección, sin embargo, no era definitiva. El costo fue el encarcelamiento de los líderes del MRM y el posterior despojo a sus plazas de maestro.

Durante muchos años, Othón Salazar estuvo buscando su reinstalación. Varios expresidentes de la República le prometieron hacerle justicia. Pero le exigieron cosas a cambio y los mandó al diablo.

Incursionó en la política. Su formación marxista lo llevó a militar en el Partido Comunista Mexicano. Creía que tanto el papel del magisterio como la actividad política de liberación de conciencias, tenían como misión sembrar en la infancia las semillas de la libertad a través del conocimiento.

En los años 60 y 70, la represión del Estado hacia los grupos de oposición orilló a muchos personajes a tomar las armas. Othón aún en la clandestinidad, siempre creyó en una lucha social pacífica, a través de la revolución de conciencias y la movilización de masas. La “apertura democrática” y la unificación de las izquierdas (PSUM), lo llevó a participar en las elecciones estatales. Fue dos veces diputado federal por el V distrito en la región de La Montaña y presidente municipal de Alcozauca.

La fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) fue el último intento en el que creyó Othón para la transformación de la vida democrática del país y la reivindicación de las causas sociales. Sin embargo, fines electoreros, intereses personales y el distanciamiento de las causas de los pueblos, lo llevaron a renunciar al partido en 1997. Al que dijo, “era un nuevo PRI vestido de amarillo”.

En sus últimos años de vida, entre las actividades que ocuparon a Othón estaba el proyecto constitutivo del Movimiento Socialista de La Montaña (MSM), como un intento por construir, para la luchas de los pueblos indígenas, una nueva fuerza revolucionaria. Asimismo, la reconstrucción del PCM y el resurgimiento del MRM. Tareas que dejó pendiente.

Un periodista le preguntó:
—Después de tantos años, ¿vale la pena luchar por estas causas?
—Absolutamente— contestó Othón— y quisiera decir algo: si mañana fuera el último día de mi vida, las horas que me restan las entregaría a poner mi grano de arena en la tarea gigantesca de lograr que resurja la izquierda revolucionaria en el país. Vale la pena. Aunque fracasemos, vamos a hacer el intento y, como sabes, en política cuenta mucho quien intenta las cosas. Y lo vamos a intentar”.

Los ideales siguen vivos. Fue de esos hombres que luchan toda su vida por lo que creen. Simboliza la lucha de los maestros que creen que la educación es el motor transformador de una sociedad. Simboliza la lucha histórica de la izquierda mexicana fiel a sus principios. Fue un revolucionario de su tiempo, y así quiso que lo recordaran.

OTHÓN SALAZAR